sábado, 1 de abril de 2017

Thelma sin Louise

Todo se precipitó muy de golpe. Aquel día no estaba como para surfear en Joaquina. Estaba bastante nublado, y en el aire se olía a tormenta tropical.
 Las olas eran grandes, pero cómo decirle a Freddy que saliera del  agua.
 Alberto, Delia, Jhonattan y Clelia le festejaban cada broma y él estaba metido como nunca en ese personaje exhibicionista y bastante cruel, que a fuerza de admirar en los demás de la empresa, terminó siendo. Todos se rieron mucho cuando la ola lo revolcó. Y siguieron riéndose cuando los bañeros lo sacaron del agua, con gestos de dolor. Delia le dijo con tono de broma, que Freddy le cagó las vacaciones. Y se fueron de la playa divertidamente, planeando la cena.
Thelma quedo sola con Freddy. No sabía qué hacer. Los bañeros llaman a la ambulancia. Freddy no podía moverse, pero alternaba gritos de dolor con insultos a Thelma, instándola frenéticamente a que haga algo.
Después, siguieron la internación, los partes médicos, la vuelta anticipada de las vacaciones.
Era inevitable, la seguidilla de operaciones necesarias tendrían que hacerse cerca de casa.


Ese día los chicos estuvieron fatales. Entre gritos frenéticos y peleas incesantes, Thelma logró concentrarse en  las condiciones de la cartilla del seguro de viajero.
 Volvían todos, pero ¿qué hacer con el auto?  Freddy gastó una fortuna en él. Hacía viajes absolutamente inútiles, solo para mostrarlo. En la autopista mortificaba al que podía, no había velocidad que Freddy no pudiera superar con facilidad.
De pronto, Thelma descubre que entre las prestaciones, figuraba la posibilidad de un chofer, que devolviera el auto ante la imposibilidad para hacerlo, del titular del seguro.
Ese día se lo comenta a Freddy en la habitación de la clínica, y él, después de ironizar acerca de su condición femenina, le reconoce la buena idea. Está claro que Freddy ama a su auto.


La idea de volver  a casa en auto con un extraño, le resultó al principio desagradable.
Pero un viaje aéreo con Freedy  quejándose y maltratándola, con los chicos hiperquinéticos, era intolerable. Los chicos, puestos a escoger, eligieron volver en avión con el padre.
De manera que luego de la partida de ellos, estuvo extrañamente sola. Como hacía mucho tiempo que no lo estaba.


-Hola, soy Jorge, el chofer.                                                                                                                                                                                                   
-Thelma, encantada. Esperame que traigo el equipaje.
Mientras subía en el ascensor del hotel, ella se sintió turbada. Se sorprendió a si misma arreglándose el pelo frente al espejo.
El chofer no era feo. Morocho, delgado, muy aplomado, muy discreto.
Y pensó ¿se fijaría en mí? Vio en su reflejo una panza algo crecida, algunas canas apareciendo en la sien. Se disgustó con estas cavilaciones, las consideró tonterías.


Durante el viaje Thelma se cansó mucho. Empezó a pensar que aquella actitud campechana de no viajar en el asiento de atrás no fue una buena idea.
Para evitar cualquier roce circunstancial adoptó una posición antinatural que terminó agobiándola. Hablaron poco y nada. Solo intercambios rutinarios. Jorge se interesó en aspectos formales, como la velocidad o si le molestaba tan fuerte el aire acondicionado.
Un par de veces lo sorprendió mirándola de reojo, muy fugaz, clandestino.
Lo reprendió con la velocidad. Aunque era muy obvio, no registró su resistencia a desandar los kilómetros hasta casa.
 Al atardecer llegaron a un pueblito en medio de las Sierras Gaúchas, con un hotel  encantador, nada fuera de lo común, pero agradable, cómodo, de buen gusto. –Acá se podría vivir. Pensó Thelma más relajada.
Jorge estacionó el auto, y bajan los dos. Al estirarse, Jorge apenas toca el cuerpo de Thelma, entre las costillas y el brazo.
Thelma se estremece. Su centro de gravedad se traslada a los pezones erectos. Lo mira a Jorge y acabó allí toda resistencia al abrazo. Pactan en silencio.
-Por favor, una habitación dupla, con cama casal, le dijo Jorge al conserje.


El crepúsculo crece sobre las palmeras. Thelma bebe el último sol de la tarde boca abajo sobre las baldosas de la pileta. Se le acerca el mozo y le trae una caipirinha.
El celular la saca de su abstracción. Es un mensaje de Jorge. Espera que ella este bien, dice que le gustaría a volver a verla, en algún momento.
¡Claro que nos volveremos a ver! Piensa Thelma con alegría. ¡Me parece que pronto voy a tener ganas!
Las luces de la piscina se empiezan  a prender.

Saluda a dos compañeros de sol rezagados, y con una sonrisa se pierde en el Lobby.

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