jueves, 27 de octubre de 2011

La Plaza (y el significante vacío)

Plaza: Espacio urbano publico, amplio y descubierto.
O por lo menos así dice el  diccionario. Y la verdad, que cómo amplia, es amplia.
La iluminación nocturna habitual lava todo de blanco, es casi aséptica.

 Pero el domingo por la noche no: La escena era oscura en la superficie de la plaza.
 La luz no llega al suelo, se pierde en algún lado, probablemente enredada entre miles de banderas con mástiles de plástico, o algunos más largos hechos con tacuaras. Probablemente también la multitud de cuerpos absorban el remanente lumínico, cuerpos golosos, henchidos de luz para sí.

Decía entonces que la semipenumbra creaba una intimidad colectiva, porque eramos muchos. Cómo los gatos todos éramos entonces pardos.
Es cierto que el fervor no era el de entonces, pero es algo distinto, algo así como la marca  de estos tiempos. No tenía impronta bélica, ni marcial. No había cordones humanos que protegieran las columnas de infiltrados enemigos. Tal vez porque no había enemigos (a la vista). Y las columnas eran algunas, pero había muchísima gente en pequeños grupos, ya sea familiares o juntados por algún rasgo común: el trabajo, la comisión interna, el grupo de estudio o el taller.
No estaba todo apretado y se podía recorrer toda la plaza con muy poca dificultad. Es más, la gente iba y venía, unos llegaban y otros salían permanentemente. La movilidad también distinguió a esa noche, había mucho movimiento.
El viento también se movía, y llevaba y traía  una nube amigable con olor a choripán. Los vendedores de cervezas recorrían  el ágora con una velocidad pasmosa. ¿Cómo harían para  tener tan frías esas latas?
Cada tanto se disparaban salvas de fuegos artificiales.

En varios puntos había emplazados escenarios, que competían con el principal. Las músicas se diluían al caminar unos pasos, permanentemente se metía uno en espacios diferentes del mismo espacio.
La cualidad dominante de estar ahí era de un carácter onírico. Supongo que de eso están hechos  los sueños.

Me encontré con dos colegas rubios y judíos que comentaban cosas a viva voz, con fuertes risotadas.
Una pareja de lesbianas se besaban abiertamente, delante de una familias de cabecitas negras, con cochecito de bebé incluido.
Un heavy viejo sudaba una antediluviana remera negra de metallica,
 mientras saltaba al ritmo de unos sikuris jujeños,
que actuaban al amparo de la columna de Milagros Salas.
Banderas con los multicolores cuadriculados de los pueblos originarios. Muchas señoras de clase media que se animaron a abandonar el rellano de su casa en Floresta, o Chacarita o...
Algunos integraban los grupos de 678 facebook, exhibiendo esa entrañable fealdad querida, como diría la Sarlo.
Por supuesto, ahí estaban los jóvenes setentosos ostentando sus sesentas (y picos), y se hermanaban con los camporistas impúberes, con sus discursos y sus raros peinados.
La heterogeneidad campeaba en la "Campora".
Era como que no había que ser nada más que lo que uno era.
Era una fiesta.
La vida (y las vidas) transcurrían, con gloria, pero sin negar las penas.
La Plaza estaba llena. pero habia un significante que insistía: "Cristina".
Buenas Noches

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